"El Ángel Robledo Puch": la historia del asesino de la canción de Morferus
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“El Ángel Robledo Puch”: la historia del asesino de la canción de Morferus

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Robledo Puch

La criminología argentina tiene una larga lista de asesinos, ladrones, violadores y demás seres en su catálogo, pero sólo un puñado pasan a formar parte del conocimiento público con nombre y apellido. Muchos menos terminan formando parte del imaginario popular como leyendas negras. Cayetano Santos Godino, Mateo Banks, Yiya Murano, los hermanos Schoklender, todos estos son parte de este particular grupo de infames.

Todos ellos (y varios más) son tratados a lo largo de las canciones de Argentina Psicópata, el álbum debut de la banda de death metal Morferus: un esfuerzo sobresaliente al trasladar estas historias al plano del metal extremo. Esto no es algo nuevo, si tomamos en cuenta la totalidad del género, pero que lo es al aplicarse a un ámbito local.

Pero incluso en este contexto donde hablamos de gente que decidió ir en contra de toda norma social y cometió algunos de los delitos más atroces que uno se pueda imaginar, no creo que alguno de ellos se le acerque a la gravedad y variedad de los crímenes cometidos por Carlos Eduardo Robledo Puch.

Puch es el criminal “de calle” (valga la aclaración porque criminales hay muchos y de todo tipo, y no va a faltar quien salga con que “los verdaderos criminales están en el gobierno” cuando acá no estamos para eso) más infame de la historia argentina. Y, obviamente, el más infame de los que todavía se encuentran vivos.

Producto de un contexto muy particular, Robledo Puch al día de hoy sigue capturando la imaginación de la gente. En los últimos años alcanzó una relevancia bastante inesperada gracias al éxito de la película El Ángel, que fue la película argentina más vista del 2018. Incluso encantó a un realizador internacional como Hideo Kojima (creador de la saga de videojuegos Metal Gear).

A más de cuatro décadas de sus crímenes, sigue siendo una figura presente en la cultura argentina, una que revela aspectos de su sociedad como pocos otros.

Carlos Eduardo Robledo Puch nació el 19 de enero de 1952 en la ciudad de Buenos Aires, hijo de Víctor Robledo Puch y Josefa Aída Habendak, ama de casa. En una de las cartas desde la cárcel, Carlos mencionó que su padre eligió el nombre como homenaje a un compañero que había tenido durante la “colimba” (nombre coloquial en Argentina para llamar al servicio militar), que también había sido su padrino.

El apellido “Puch” se remonta a varias generaciones atrás, contándose una larga lista de representantes de familias importantes del norte argentino en su haber. Esto incluye a Dionisio Puch, militar argentino y dos veces gobernador de la provincia de Salta, además de pariente político de Martín Miguel de Güemes, uno de los próceres de la independencia nacional.




De cabello rizado rubio-rojizo y ojos azules, desde un principio corrió el rumor entre los círculos cercanos a la familia de que Víctor no era el padre de Carlos, siendo que este último parecía haber tomado toda la apariencia de su madre y nada de su padre, morocho y de “ojos achinados”. La pareja había estado intentando concebir un hijo durante dos años, y había pasado por varias discusiones por el tiempo que Víctor dedicaba a su trabajo como inspector viajante de la General Motors, que lo tenía muchos días en la ruta.

La familia vivía en una casa en Borges 1856 en Olivos, en el norte del Gran Buenos Aires. Estudiante de piano de rasgos femeninos y personalidad extremadamente tímida, Carlos muchas veces era objeto de burlas entre los chicos de su barrio, que lo apodaban “Colorado”.

Muchos hechos de su infancia y adolescencia se terminaron confundiendo y contradiciendo con el paso de los años, tanto en veracidad como en su lugar en la línea de tiempo, por influencia del sensacionalismo de la época. Pero hay algo en lo que casi todas las crónicas están de acuerdo: con el paso a la adolescencia, Carlos comenzó a dejar de lado su timidez, desarrollando una personalidad extremadamente agresiva y rebelde.

Cuando tenía 14 años, su abuelo materno murió, y Carlos asistió al velatorio y a la cremación. A esa misma edad, comenzó a ir al colegio industrial por insistencia de su padre, que lo quería ver convertido en ingeniero. Carlos no se sentía muy entusiasmado por la idea de seguir esa carrera, pero fue ahí donde conoció a una influencia determinante en su vida: el rosarino Jorge Antonio Ibáñez. Queque, como era apodado, era violento y contestatario, completamente en las antípodas de la imagen de “nene bien” que Carlos se había labrado, y fue por eso que este lo terminó tomando como un ejemplo a seguir. Eventualmente echaron a Carlos de la escuela, según testimonios porque se había robado 1500 pesos.

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Carlos pasaba mucho tiempo con Queque, con quien se la pasaba hablando de autos y motos y practicaba tiro en el fondo de la casa de éste, y ya había llevado a cabo robos menores, pero eventualmente su amigo le propuso dar un paso adelante: en septiembre de 1970, cuando Carlos tenía 18 años, ambos asaltaron la joyería de Isaac Klinger y se llevaron 100.000 pesos. Una semana después decidieron repetir, esta vez en un taller de caños de escape en Olivos, donde entraron a través de una claraboya y se llevaron 114.000 pesos. Se sentían en racha y se dejaron llevar por la adrenalina, robándose dos motos de un taller. Los detuvo la policía por exceder el límite de velocidad y salieron al día siguiente.

Incluso después de ese encuentro con la justicia, el dúo no desistió. Apenas salieron robaron 400.000 pesos de una inmobiliaria.

El 8 de marzo de 1971 saquearon la caja fuerte de una discoteca. No había mucho dinero pero sí algo más valioso: un revólver calibre 32, con tambor de seis balas.

Una semana después planearon asaltar otra discoteca: Enamour, en la calle Espora 3285. Entraron al lugar a través de una ventana trasera y vaciaron la caja fuerte. 350.000 pesos. Cuando se estaban yendo se cruzaron frente a la habitación del sereno Manuel de Jesús Godoy, de 23 años. También se encontraba Pedro Féliz Mastronardi, el encargado de 35 años. Determinado a no dejar testigos incluso si estos estaban durmiendo, Carlos les disparó a ambos, matándolos. Carlos diría sobre el hecho: “¿Para qué iba a despertarlos? Si los tenía que matar”.

El siguiente golpe fue en una inmobiliaria de Olivos. Tardaron una hora en romper la caja fuerte, pero cuando la abrieron sólo estaba llena de documentos, nada de dinero. Hubiera sido una noche perdida si no fuera porque encontraron en el lugar una pistola Bernardelli-Gardone de 7.65 mm, de bolsillo. Usarían el arma en su siguiente entradera: una agencia de repuestos de la marca Mercedez-Benz. El lugar tenía una claraboya en uno de los baños, que usaron como acceso. En el lugar se encontraron con un matrimonio que dormía junto a su hija de un par de meses.

Sin dudarlo, Carlos Robledo Puch sacó la pistola. Le disparó dos veces a Juan Carlos Bianchi, de 29 años, matándolo al instante y despertando tanto a su hija como a su esposa, a quien también le dispararon dos veces. Mientras Carlos roba 300.000 pesos de un armario Queque decide violarla.

Dora sobrevivió aunque gravemente herida. Pidió ayuda más tarde en una estación de servicio, y sería la única testigo viva que dejarían en su raíd delictivo, que no haría más que empeorar de ahora en más.




Una semana después asaltan un supermercado. Se llevan 50.000 pesos, no sin antes matar de un tiro en la cabeza a Juan Scattone (también llamado “Saettone” por algunas fuentes), el sereno que se encontraba durmiendo en el local.

En junio de 1971 le dispararon cinco veces por la espalda a Virginia Rodríguez, en la Ruta 26 por Pilar, a quien habían obligado a subir al auto a punta de pistola en Avenida del Libertador. Según declaraciones de Carlos fue él quien la mató por orden de Queque.

No sería la única vez que usarían esta modalidad. Diez días más tarde, matan a Ana María Dinardo en Pilar, luego de que Queque intentara violarla, esta vez de siete disparos. Le roban un encendedor y unos pocos miles de pesos que tenía en la cartera.

Ese sería su último crimen juntos.

El 5 de agosto de 1971, Carlos y Queque se encontraban por el barrio de Núñez. Conducían un Siam Di Tella que pertenecía a Víctor Robledo Puch. Mientras Queque hablaba acerca de robar un supermercado, el auto se estrelló contra un taxi que estaba estacionado en la esquina de Quesada y Cabildo. El taxi se hundió contra el lado del acompañante, matando a Queque de inmediato. Tenía 17 años. Carlos escapó del lugar, llevándose los documentos de su compañero. Al día de hoy se discute si este hecho fue un accidente o algo planeado por Carlos, siendo que discutían cada vez más.

Carlos se llamó tres meses a silencio, y el 15 de noviembre asaltó un supermercado en la zona de Boulogne. No estaba solo: junto a él iba Héctor Somoza, su nuevo compañero en el delito. En el lugar no encontraron dinero, y Carlos mata de un tiro en la cabeza a Raúl Delbene, quien cuidaba el lugar. Antes de irse, Carlos se lleva un teléfono que le termina regalando a la madre de Raúl.

Dos días después entran a una agencia de automotores en Vicente López, llevándose 900 pesos y matando al Juan Carlos Rozas de dos disparos. El 25 de noviembre asaltan otra agencia de automotores, esta vez en Acassuso, y roban 15.000 pesos, matando a Bienvenido Ferrini de tres disparos.

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En la noche del 3 de febrero de 1972, Carlos asaltó junto a Héctor la Ferretería Industrial Masseiro Hermanos en Carupá, en San Fernando. En el lugar y como de costumbre, Carlos mata al sereno Manuel Acevedo de dos disparos, llevándose 14000 pesos. Pero lo que habría sido un robo común para el dúo terminó convirtiéndose en el principio del fin.

Carlos le disparó a Héctor, en un hecho donde no se sabe si fue un accidente, una traición o una equivocación por parte de Carlos.

De cualquier manera, ahora Carlos Robledo Puch tenía que lidiar con deshacerse del cadáver de su compañero. Decidió cubrirlo de alcohol y quemarle la cara y las manos con un soplete que había en el lugar, para evitar que pudieran identificarlo. Cuando estuvo satisfecho con el resultado se escapó del lugar, sin saber que se había olvidado los documentos de Héctor en el bolsillo del pantalón. Cuando la policía descubrió los cadáveres y comenzó a hacer pesquisas, apenas tardaron 24 horas en detener a Carlos. Tenía apenas 20 años.

La prensa explotó con la historia de este chico de rasgos angelicales e instintos asesinos. “El Ángel Negro”, “El Ángel de la Muerte”, “Azrael” y demás fueron los apodos que las crónicas de la época le pusieron. Durante el interrogatorio confesó todos los crímenes, aunque años después dijo que lo habían torturado, e incluso dijo que había una conspiración para matarlo.

Aída, su madre, salió a defenderlo, diciendo que la prensa estaba detrás de todo esto, que era sólo sensacionalismo. De cualquier manera, el juicio siguió adelante.

En la madrugada del 8 de julio de 1973, Carlos intentó fugarse junto a Rodolfo Alberto Sica, su compañero de celda. Sica fue atrapado antes de poder escapar, pero Carlos logró saltar el paredón de la cárcel y darse a la fuga. Estuvo 64 horas en la calle, hasta que volvió a ser atrapado. Fue la última vez que estuvo en libertad.

El juicio a Carlos se extendió durante ocho años. Con la confesión y las pruebas a mano, lo que se discutía era su estado mental al momento de cometer el delito. En 1979, el abogado Ricardo Gutiérrez, quien se había encargado de la defensa de Carlos, se sumó a la lista de detenidos-desaparecidos del Proceso de Reorganización Nacional, y en un incendio en el tribunal de San Isidro se perdió parte del expediente del juicio, que se dio de manera oral en vez de escrita, al contrario de lo que había solicitado Carlos.




El juicio en si comenzó el 4 de agosto de 1980. De las presentaciones frente al juez, que se extendieron durante cuatro meses a puertas cerradas y donde se presentaron 92 testigos, se pueden ver fotos de la época. Muestran a un Carlos afectado por la estadía en la cárcel: el pelo negro y con gomina, las facciones marcadas, la expresión cansada. Todo lejos de la imagen angelical de un principio.

El 27 de noviembre de 1980, Carlos fue condenado por el tribunal de San Isidro a reclusión perpetua por tiempo indeterminado, acusado por diez homicidios calificados, una tentativa de homicidio calificado, un homicidio simple, dieciséis robos, un robo calificado, una violación calificada, una tentativa de violación calificada y dos raptos calificados. Carlos Robledo Puch se convirtió en el condenado por más delitos de la historia argentina. Durante el juicio se le escuchó decir una frase que al día de hoy se sigue recordando: “Esto es un circo romano. Algún día voy a salir y los voy a matar a todos”.

Desde esa época, Carlos se encuentra detenido en la cárcel de Sierra Chica. Pasa su tiempo interpretando letras de Los Redondos y del Indio Solari, quien terminó escribiendo el prólogo del libro que cuenta su caso. Cada tanto su historia vuelve a ser recordada en los diarios o noticieros. Incluso él se hace llegar de vuelta a los medios de comunicación: en 2016 amenazó con matar a la (por entonces) expresidente Cristina Fernández de Kirchner si llegaba a salir. Se quejó de cómo lo interpretaron en El Ángel, porque “lo hicieron quedar como un homosexual”. En 2006 se convirtió en el preso argentino con más tiempo en la cárcel, luego de la liberación de Aníbal González Higonet, “El Loco del Martillo”. Incluso ya superó a otro preso infame como Charles Manson.

Pero sin importar el tiempo que pase entre rejas o las dudas acerca de su juicio, Carlos Eduardo Robledo Puch, ahora completamente calvo y con 68 años encima, es y seguirá siendo una figura presente de la cultura popular argentina, citado como un símbolo de maldad y de lo más oscuro de la historia nacional.

Director del grupo editorial El Cuartel del Metal. A los 16 años fundé El Cuartel del Metal y desde entonces no he parado de descubrir nuevas cosas que me apasionen. Programador por pasión y licenciado por obligación. Practico artes marciales mixtas. ¿El mejor concierto de mi vida? Napalm Death en el 2016.

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