Crónicas

Katatonia: el peso de la emoción y el Doom

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La noche del 18 de marzo en Santiago no fue una más en el calendario del metal: fue una de esas jornadas que se sienten antes de empezar. Desde temprano, las inmediaciones de la Sala Metrónomo comenzaban a poblarse de poleras negras, conversaciones cruzadas y miradas cómplices entre quienes sabían que estaban a punto de vivir algo más que un concierto. Adentro, cerca de las 20:30, el recinto ya estaba casi lleno. La iluminación tenue y la penumbra cuidadosamente instalada parecían anticipar lo que vendría: un viaje emocional guiado por una de las bandas más influyentes del doom metal sueco, Katatonia.

El ambiente era particular. A diferencia de otros shows más explosivos, aquí predominaba una calma expectante, una especie de respeto colectivo por la experiencia que estaba por comenzar. Había cordialidad, cercanía, pero también una energía contenida, como si todos compartieran el mismo propósito: dejarse llevar por la melancolía, liberar emociones y conectar con ese universo sonoro que Katatonia ha construido durante décadas.

El show comenzó con algunos minutos de retraso. Pasadas las 21:10, el escenario ya estaba cubierto por un espeso manto de niebla que aportaba una atmósfera casi cinematográfica. La visibilidad era limitada, y entre las sombras comenzaron a aparecer las siluetas de los músicos. Uno a uno, los integrantes tomaron sus posiciones, hasta que finalmente se hizo presente el inconfundible Jonas Renkse. Su sola presencia bastó para desatar la ovación del público, que respondió con entusiasmo desde el primer segundo.

La apertura con “Thrice” marcó el tono de la noche. Fue el punto de partida de un viaje sonoro donde la banda y el público comenzaron a construir un vínculo inmediato. Desde ese primer tema, los asistentes se hicieron sentir, coreando y dejándose envolver por la intensidad emocional que caracteriza a Katatonia.

A lo largo del show, Renkse se mostró cercano, interactuando constantemente con la audiencia a pesar de las altas temperaturas dentro del recinto. No era solo una banda tocando frente a un público: era una conexión viva, un intercambio emocional donde cada canción parecía resonar de forma colectiva. Había momentos en que la sala entera parecía respirar al mismo ritmo, como si las emociones de todos se fundieran en una sola entidad.

El repertorio avanzó con piezas como “Soil’s Song”, “The Liquid Eye” y “Austerity”, confirmando el equilibrio entre distintas etapas de la banda. Cada tema era recibido con entusiasmo, pero también con una especie de reverencia. Katatonia no es una banda que se escuche de manera superficial; su música se siente, se procesa, se vive.

Uno de los puntos más altos de la noche fue la presentación de material de su más reciente trabajo, Nightmares as Extensions of the Waking State. Cuatro canciones de este álbum formaron parte del setlist, dejando en claro que esta gira latinoamericana no solo busca celebrar su historia, sino también mostrar la evolución constante de su propuesta sonora. Las nuevas composiciones encajaron de forma natural junto a los clásicos, demostrando que Katatonia sigue explorando sin perder su esencia.

Y hablando de clásicos, no faltaron momentos profundamente emotivos vinculados a The Great Cold Distance, uno de los discos más queridos por sus seguidores. Canciones como “Soil’s Song”, “Leaders” y “July” fueron coreadas con intensidad, generando una conexión particularmente fuerte con los fanáticos de larga data. Muchos de ellos llevaban poleras, vinilos e incluso recuerdos esperando ser firmados, como si cada objeto fuera parte de una historia personal ligada a la banda.

Porque si algo quedó claro durante la noche es que Katatonia no es solo música. Es un refugio emocional, un lenguaje compartido para quienes encuentran en la melancolía una forma de expresión. Cada acorde, cada letra, cada silencio entre canciones parecía tener un peso específico dentro de la experiencia.

El tramo final del concierto mantuvo la intensidad con temas como “Lethean”, “No Beacon to Illuminate Our Fall” e “In the Event Of”, que funcionaron como un cierre natural, dejando la sensación de haber recorrido un viaje completo. La banda se despidió momentáneamente, pero nadie en la sala estaba dispuesto a aceptar que todo terminara ahí.

El público chileno, conocido por su entrega, hizo lo suyo. Los aplausos, gritos y cánticos no tardaron en llenar la sala, generando ese llamado irresistible que pocas bandas pueden ignorar. Y Katatonia, entendiendo perfectamente esa conexión, regresó al escenario para un último regalo: “Forsaker”.

Ese encore fue el broche de oro. Una despedida cargada de emoción, donde la banda y el público compartieron uno de esos momentos que difícilmente se olvidan. Con una bandera de Chile en mano, sonrisas visibles en los rostros y gestos de agradecimiento —incluyendo uñetas y material autografiado lanzado al público—, la banda cerró la noche reafirmando el vínculo especial que tiene con sus seguidores en este rincón del mundo.

Lo vivido en la Sala Metrónomo fue mucho más que un concierto. Fue una experiencia emocional colectiva, un recordatorio de por qué el doom metal —y en particular Katatonia— sigue teniendo un lugar tan importante en la vida de tantas personas. En tiempos donde todo parece ir rápido, donde la música muchas veces se consume sin detenerse, noches como esta invitan a sentir, a conectar, a detenerse en lo que realmente importa.

Katatonia demostró, una vez más, que la relación entre banda y público va más allá de lo musical. Es una conexión construida con los años, alimentada por canciones que acompañan procesos personales, pérdidas, cambios y momentos de introspección. Y en ese sentido, cada show es una especie de reencuentro.

Mientras las luces se encendían y el público comenzaba a abandonar la sala, quedaba en el aire esa sensación difícil de explicar: una mezcla de satisfacción, nostalgia y gratitud. Porque no todos los días se presencia algo así.

Y aunque el eco de las últimas notas aún resonaba en la memoria, una idea comenzaba a tomar forma entre los asistentes: esto no es un adiós, es un hasta pronto.

Porque si algo quedó claro esa noche, es que mientras existan bandas como Katatonia, y públicos como el chileno, la escena del doom metal no solo sigue viva… sino más fuerte y emocional que nunca.

Carolina Sulbarán

Fotos por Samuel Víctor Acevedo

Setlist Santiago, Chile – 18/03/26

Thrice

Soil’s Song

The Liquid Eye

Austerity

Rein

Leaders

Dead Letters

Nephilim

Wind of No Change

The Longest Year

Old Heart Falls

July

Lethean

No Beacon to Illuminate Our Fall

In the Event Of

Encore:

Forsaker

 

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