Anoche, apenas crucé la puerta del Teatro Cariola, supe de inmediato que no sería un show más de Rock. Los asistentes que llegaron temprano cruzaban miradas cómplices y expectantes de lo que se venía: Possessed repasaría ‘Seven Churches’ de principio a fin, álbum que es una absoluta piedra angular del género del Death Metal, y del que aún los fans discuten fervientemente si acaso es o no el álbum que dio el puntapié inicial al género como tal. Lo que si sabíamos, era que Jeff Becerra y compañía celebran 40 años desde el lanzamiento de tan seminal trabajo, y que esta era una cita imperdible.
Pero primero, una mención honrosa a las 2 bandas teloneras. La primera fue Kolossal Remains, joven promesa del Death Metal chileno que hace rato que dejan marca, y dan que hablar. Estos cabros tocan con un excelente nivel y tienen un compromiso notorio sobre el escenario, con una propuesta sónica y composiciones que hacen headbangear al más trve. Desafortunadamente y como es normal en estos shows, a esa hora había muy poco público que los apreciara, pero la gente se mostró respetuosa y les dieron cálidos aplausos. ¡Aguante cabros, van por buen camino y su mejor momento ya llegará!
Los segundos teloneros fueron los también nacionales y reconocidos Execrator, que contrastando con la banda anterior, poseen décadas de experiencia sobre los escenarios y manejan bien a su público. El Teatro se encontraba con mucha más gente a esta hora, por lo que la banda pudo ejecutar sus temas con comodidad y una acalorada recepción del público. Repasando sus clásicos y haciendo gala de su Metal oscuro y líricas malditas, Execrator elevó los ánimos y crearon un ambiente perfecto para esperar a Possessed.
Cabe destacar que antes de que la banda principal saliera a escena, se formó una avalancha afuera del teatro, lo que provocó que la cancha se llenara de gente (no cabía ni un alfiler más), y que los gritos y el entusiasmo se desbordaran. Para este show hubo también una gran cantidad de público Punk, lo cual añadió una dinámica algo diferente de otros conciertos más ‘metaleros’ y que demuestra que lo que a todos debería importarnos y unirnos en estas instancias, es el poder de la música.
Eran pasadas las 21:30 cuando se apagó la luz, el público vociferó ensordecedoramente y la banda sale a escena. Comienza el primer riff de “The Eyes of Horror”, se revientan los monitores, y todo se vuelve caos. Las luces rojas se cuelan en la neblina escénica, Jeff Becerra aparece y el público pierde la cabeza. Brutales, afilados y endemoniados riffs y solos de guitarra cortaban el aire con precisión quirúrgica, mientras las increíblemente veloces baterías retumbaban como si la banda quisiera que el Cariola dejara de ser una sala de eventos y transformarlo en una cripta.
Pese a la fidelidad reverencial al álbum original, la banda no dependió solo de nostalgia, ya que también presentaron canciones de su más reciente placa, ‘Revelations of Oblivion’, hubo cortes de su EP ‘The Eyes of Horror’, y repasaron grandes canciones de su segundo disco ‘Beyond the Gates’. Cada tema fluía encadenado, pero con esa chispa de espontaneidad que sólo se logra con décadas de carretera y experiencias previas. Las paredes del Cariola se volvieron rojas con la luz de la bengala que se prendió durante “Death Metal”, canción que sonó cavernosa y sucia, más pesada que en la grabación original de 1985, y “Burning in Hell” desató al público en un moshpit salvaje en el que varios se sacaron la chucha, pero que manos amigas los levantaron de inmediato. Yo mismo participé en el ‘baile metalero’ y como premio, me fui a casa con las zapatillas rotas e inmundas, pero con una sonrisa en la cara.
La voz de Becerra, a pesar de su estado físico y de haber sobrevivido a mil desgracias (incluyendo los problemas que ha tenido en su ojo estos últimos años), conserva ese tono rasposo: un gruñido ancestral que todavía podría exorcizar demonios y que le puso ese toque maléfico a la placa de 1985. El sonido de la banda fue brutal, ensordecedor y rápido como metralleta, y el Teatro Cariola, con su acústica un tanto cavernosa, añadió un matiz orgánico al ambiente agitado y maldito que se respiraba. Si bien se sabe que este no es un espacio pensado para el Death Metal a todo volumen (menos cuando no hay público en la galería), la cercanía de los palcos laterales y la increíble cantidad de público presente crearon la sensación de estar en un sótano profanado por un ritual secuencial. Cada una de las canciones fue un sacrilegio ordenado, y cada aplauso, un himno de complicidad.
Una ejecución asesina e impecable que quedará grabada en la mente de todos los asistentes, que actuamos como séquito de la banda y de sus rituales satánicos. Entre los empujones, combos, transpiración y cabelleras al aire, se alcanzaban a ver a viejos veteranos y jóvenes que están recién descubriendo el Metal, reunidos y convertidos a esta fe blasfema, y es esta mezcla de devoción y carnicería sonora que componen la magia negra que sólo un concierto de culto como este puede ofrecer.
La velada de Possessed en Santiago este 2025 no fue una simple reunión de clásicos, fue un recordatorio de que ‘Seven Churches’ sigue siendo un tótem del Metal extremo y siempre será uno de los discos que dieron origen al Death Metal.
En comparación con la presentación que la banda tuvo el año pasado también acá en Santiago, quizás esta vez al sonido le haya faltado un poco de pulido, pero esta misma crudeza es lo que elevó el evento a un nivel de disfrute y blasfemia inimaginables. Si tus parlantes interiores siguen retumbando después de anoche, es señal de que el Death Metal vive, respira y no piensa en morir en ti, y que esperamos con ansia la próxima visita del señor Becerra y compañía. Nos vemos en el próximo círculo infernal.
Vladimir González Aravena
Fotos por Rubén Gárate



