Crónicas

Pestilence, una entidad pandémica de temer

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⏱ 4 min de lectura·806 palabras

Nota por Alan Gormaz

Para este Power of Metal Fest 2, Chile volverá a convertirse en el paciente cero de un death metal pútrido, directo y avasallador. Pestilence vuelve a estar presente para su fanaticada chilena, quienes ya tuvieron la fortuna de presenciarlos junto a grandes exponentes como Cancer y 1349 en septiembre pasado. Esta vez atestiguaremos cómo los neerlandeses y su podredumbre sonora infestan a nivel molecular cada rincón del Teatro Cariola. No puedes faltar a esta convocatoria atiborrada de bacterias, horrores corporales y death metal de dimensiones catastróficas para la raza humana.

Hablar de Pestilence es hablar de una de las cepas originales del death metal europeo. Formados en los Países Bajos en 1986 bajo el liderazgo del incansable Patrick Mameli, la banda surgió durante una época en la que el metal extremo se encontraba mutando rápidamente hacia formas cada vez más agresivas, técnicas y oscuras. Mientras la escena estadounidense comenzaba a consolidar nombres fundamentales para el género, Pestilence desarrollaba su propia infección al otro lado del Atlántico, incorporando una identidad marcada por riffs cortantes, estructuras complejas y una atmósfera enfermiza que terminaría diferenciándolos del resto.

Su debut, Malleus Maleficarum (1988), fue una descarga virulenta de death/thrash metal que dejó en evidencia el potencial de una agrupación destinada a trascender la escena underground. Sin embargo, sería con Consuming Impulse (1989) cuando la enfermedad alcanzaría proporciones epidémicas. Considerado por muchos fanáticos y especialistas como una de las piedras angulares del death metal de finales de los ochenta, aquel álbum elevó la brutalidad, la técnica y la oscuridad a un nuevo nivel, consolidando a Pestilence como una amenaza biológica de alcance internacional.

Pero la verdadera fortaleza de esta entidad patógena siempre ha sido su capacidad de mutación. Lejos de conformarse con una fórmula exitosa, la banda continuó evolucionando a través de trabajos fundamentales como Testimony of the Ancients (1991), una obra que amplió los horizontes del death metal técnico mediante una combinación magistral de agresión y sofisticación compositiva. Más tarde llegaría Spheres (1993), un lanzamiento adelantado a su tiempo que incorporó influencias de jazz fusión y elementos progresivos, provocando desconcierto en algunos sectores de la escena, pero ganando con los años el reconocimiento de álbum de culto.

Esa constante búsqueda artística es precisamente lo que ha permitido que Pestilence continúe siendo relevante décadas después de su aparición. Muchas bandas lograron capturar la violencia del death metal; pocas consiguieron expandir sus límites con semejante naturalidad. Su influencia puede rastrearse en innumerables exponentes del death metal técnico y progresivo que surgieron durante las décadas posteriores, convirtiendo a Mameli y compañía en auténticos arquitectos de una parte importante del metal extremo moderno.

Sobre el escenario, esa herencia se transforma en una experiencia devastadora. Cada presentación de Pestilence funciona como una propagación masiva de organismos sonoros letales. Los riffs avanzan como una infección descontrolada, la batería golpea con precisión quirúrgica y la voz emerge desde las profundidades como el síntoma inequívoco de una enfermedad terminal. No se trata únicamente de velocidad o agresión; existe una complejidad subyacente que mantiene al oyente permanentemente atrapado entre la fascinación y el colapso.

Para quienes los vieron el año pasado, esta nueva visita representa la oportunidad de reencontrarse con una banda que atraviesa un gran momento en directo. Para quienes aún no han sido expuestos a la cepa Pestilence, el Power of Metal Fest 2 ofrece la ocasión perfecta para comprender por qué su nombre continúa siendo pronunciado con respeto dentro del death metal mundial. No todos los días se tiene la posibilidad de presenciar a una agrupación que ayudó a definir el lenguaje de un género entero.

El próximo 18 de julio, el Teatro Cariola será sometido a cuarentena. Los protocolos de contención serán inútiles. La infección se propagará a través de riffs putrefactos, solos retorcidos y una maquinaria musical perfeccionada durante cuatro décadas de evolución constante. Pestilence no llega simplemente a ofrecer un concierto; llega a desencadenar una plaga sonora capaz de consumir cada centímetro del recinto.

Y cuando las luces se apaguen y los primeros acordes comiencen a resonar entre la multitud, quedará claro por qué esta entidad pandémica continúa siendo una de las amenazas más temibles que el death metal haya liberado sobre el planeta. La única decisión sensata será rendirse ante la infección y disfrutar del contagio. Porque algunas pestes no deben evitarse: deben vivirse en primera fila.

 

Las entradas para Pestilence y Riot están disponibles en este link.

 

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