Existe un paralelismo bien interesante entre Death To All y Left to Die, ambas agrupaciones que se dedican a girar por el mundo interpretando en vivo el repertorio de Death y celebrar la vida y obra de Chuck Schuldiner todopoderoso. Ambas bandas en sus respectivos núcleos -Steve DiGiorgio y Gene Hoglan en DTA, Rick Rozz y Terry Butler en LTD- compartieron proyectos después de coincidir junto a Chuck en alguna etapa. Enfocándonos en la segunda dupla, Rozz formó parte de la primerísima alineación original, la que dejó su huella en el mítico demo titulado Death by Metal (1984) y una serie de ensayos grabados hasta su partida en 1986, retornando en 1987 como parte de la alineación que dará vida a Leprosy (1988). El segundo LP de Death también incluye en los créditos al bajista Terry Butler -todos los bajos fueron grabados por el propio Chuck-, quien alcanzará a registrar su sonido en Spiritual Healing (1990).
Una vez ambos fuera, Butler se encuentra nuevamente con Rozz, esta vez para retomar ese otro proyecto con menos renombre pero igual de importante llamado Massacre, un proyecto que tomaba desde los inicios lo que venía escribiendo Death, pero llevándolo a una vena igual o más cruda. Entre los cassettes demo editados en 1986 y la concreción del proyecto mediante el fundamental From Beyond (1991), es necesario considerar aquellos trabajos para entender el origen de Left to Die; mientras en los ’90s Death elevaba la sofisticación de su firma, Massacre proyectaba una visión mucho más instintiva. Y si la musculatura del set de Death To All se arraiga en los trabajos más elaborados y vanguardistas, Left to Die hace lo propio rescatando el material primigenio, el de los viejos demos, los lanzamientos que cerrarán una década irrepetible y, por supuesto, el fanzine en blanco y negro.
El lanzamiento de Initium Mortis, hace un par de meses, puede leerse desde toda óptica. Ausencia de riesgo, acusarán quienes buscan novedad. Para Rozz y Butler, el riesgo está en la forma que dominan un terreno conocen bastante bien durante más de cuatro décadas. Una forma de recordarnos que el metal, en estos tiempos de domesticación y prótesis digital, regresará a las primeras formas para enrostrarle al mundo su naturaleza como impulso antes de la etiqueta de turno. Y donde la nostalgia puede ser un tema, la disyuntiva está en quienes añoran dicha época y, curiosamente, no la vivieron. Es la respuesta de quienes buscan el regreso a la vibra original, alejándose de las tendencias que los sellos y la mercadotecnia excesiva imponen con fines poco honestos. Y para quienes no están familiarizados con el material de aquellos días -hoy los demos suenan con la nitidez de cualquier grabación profesional en estudio-, el LP debut de Left to Die es la oportunidad para integrarse a un material de culto, cuya esencia trasciende bajo la superficie.
La jornada del sábado en Cariola tuvo su arranque con el death metal químicamente puro de Coffin Curse. El proyecto personal de Max Neira -bajista y voz, fundador de los hoy extintos Inanna-, ofrece un compendio de ideas y lugares conocidos que fortalece una matriz creativa bien nutrida en matices y posibilidades. Podrías pensar en Possessed, el primer demo de Morbid Angel, Sepultura en sus primeros días, y encontrarás un distintivo en piezas con la estatura de “Perverted by the Unknown”, “Where Sickness Thrives”, “Bacchanal of the Mortal” y “Grave Offender”. Neira, un músico con recorrido de más de tres décadas en esto, se acompaña del baterista Carlos Fuentes, el bajista Juan Díaz y el guitarrista Alejandro Cruz, todos articulados al relato que Coffin Curse traza con maestría implacable desde la escritura hasta el despliegue en vivo. Sin duda, una banda marcada por el balance entre velocidad y lucidez creativa. Y como suele tratarse de un proyecto relativamente joven (2012), quienes aún no los hayan escuchado se llevarán una sorpresa. Tengamos por seguro de que lo lograron, y sin necesidad de colorante alguno.
Con los horarios cumpliéndose a cabalidad, llega el turno de Homicide. Con una trayectoria que data su primera piedra en el cierre de los ’80s, el segundo nombre de la armada local expone sus credenciales a punta de oficio y puesta escénica. Su propuesta comparte ideas y formas con Suffocation y Monstrosity, nombres que llevaron los aspectos de brutalidad y técnica del género a un nivel de ejecución que, en muchos casos, roza en lo clínico. Pasajes como “Pull the Strings” y “The First Emperor” sostienen un repertorio que hermana resistencia física y coordinación en una expresión que diluye todo intento de adiestramiento ajeno. De esas bandas que viene recorriendo un camino prolongado y completo, pavimentado entre una tirada de demos durante sus primeros 10 años de vida, para volver realidad el LP como formato habitual desde los 2000 hasta hoy. No será la única vez que subrayemos la palabra ‘respeto’ durante la jornada.
Ver en acción a Torturer, puede ser tanto un acierto como una clase magistral de historia. Francisco Cautín al frente en bajo y voz, secundado por los más jóvenes JT García en guitarra y Chris Orós en batería. Generaciones distintas, con un entendimiento musical que potencia el rendimiento en vivo. Lo suficiente para que “Prince of Darkness”, “Evil Confession”, “Torture (Eternal Suffering)” y “Kingdom of the Dark” -todas del Demo ’91- converjan en un bestiario de destrucción sónica. Admirable y extraordinario lo que se manda Cautín a sus 54 años. Un respeto ganado a pulso, el cual se traduce en lo que deja la banda sobre el escenario, asumiendo derechamente que siempre habrá un público que encontrará una novedad hasta en la misma historia. Esos detalles que definen la identidad, mucho más que la perfección instrumental. Y las bandas como Torturer la tienen clara en instancias donde un público joven, entre adolescentes y algunos niños, descubre algo que viene gestándose por décadas. Es la huella que dejó aquella camada de bandas en los días del Manuel Plaza y la Sala Lautaro, una escena que floreció en paralelo a los movimientos que azotaron el Hemisferio Norte durante los ’80s.
Poco antes del disparo inicial, a eso pasadas las 22 horas, la presencia de poleras de Death, dentro de la obligación sentimental, daba paso a una curiosidad; si bien Left to Die presenta un repertorio 100% arraigado en el catálogo de Death en los ’80s, la numerosa cantidad de poleras con las portadas de Human (1991), Individual Thought Patterns (1993) y Symbolic (1995), compartiendo lugar con las de Scream Bloody Gore (1987), Leprosy (1988) y Spiritual Healing (1990), es elocuente en el buen sentido. ¿Cuántas bandas pioneras en los ’80s llevaron su rúbrica al siguiente peldaño sin transar su integridad ni extraviarse en el cambio de década? ¿Cuántas instituciones lograron compilar épocas y estilos en un solo ecosistema?
Con “Legions of Doom” echando fuego de entrada, Left to Die inaugura un nuevo ritual zombie. A medida que “Open Casket”, “Scream Bloody Gore” y “Leprosy” desfilan con voracidad de pirañas, notamos la forma en que el repertorio bucea entre el registro prehistórico y las piedras angulares del género. Incluso sorteando un audio poco claro al inicio, caemos rendidos ante lo que se manda Matt Harvey en los zapatos de Chuck. Harvey no se avergüenza ni se empeña en forzar su desempeño; reluce la influencia del maestro como parte de su ADN expresivo. Bien lo saben Rick Rozz y Terry Butler, quienes logran junto a Harvey el fiato musical que implica reproducir el distintivo sanguinario del ‘antiguo’ Death ante un público cada vez más renovado. Un público que responde eufórico cuando el nombre CHUCK SCHULDINER es pronunciado.
Destaca en el set la presencia de “Death by Metal”. La que titula el demo que empezó todo, el de la muerte desde la raíz. El significado de escucharla en vivo, con Rick Rozz en las seis cuerdas como sobreviviente de esos días. Un trabajo de arqueología que, paradójicamente, arrasa todo a su paso, como un tornado. La evidencia está en la centrífuga humana a lo largo del show, con algún cuerpo flotando en un oleaje de locura. Una injusticia que el libro de historia omita la pisada fuerte de Death, la cual retumba con la misma fuerza telúrica de los gigantes que llenan arenas y estadios. Left to Die hace lo propio en un recinto quizás pequeño respecto a un Arena, pero que se viene abajo igual.
En la recta final, “Left to Die” y, en especial, “Zombie Ritual” obtienen recepción de himnos. Chuck, ausente en el mundo material desde hace un cuarto de siglo, sigue vivo en esos misiles de death metal puro e inclasificable. El género que recibió su denominación desde el impulso, mucho antes de que la etiqueta se volviera un ‘recurso literario’ cuando el periodismo musical no sabe cómo describir lo que no entiende. “Pull The Plug” e “Evil Dead”, ambas en el cierre, confirman en vivo la jerarquía desde su escritura hasta la personalidad de un estilo que abraza la muerte como lo único real.
Dejemos un espacio de honor para Lee Harrison, el reemplazo a última hora del titular Gus Ríos durante la aventura sudamericana. La bestia en los tarros de Monstrosity, disponiendo sus habilidades a la solución de emergencia, transformando el contratiempo en una oportunidad de oro. Y es que con tamaña selección de referentes en un mismo escenario, y levantando un espectáculo de fragor con un sonido que fue de menos a más, hubo el condimento necesario para hacer de la celebración y el homenaje una instancia de categoría.
Apenas terminado el show, pervive un cúmulo de pensamientos sobre el tributo y el homenaje. Left to Die es un proyecto con base en la honestidad. Sus integrantes saben de sobra lo que despierta Death en la generación que sea. No hay receta de temporada ni fórmula segura. Es una forma de recordarnos que el metal extremo, en la oscuridad del subsuelo, proviene de una forma de ver las cosas. Es lo que explica el interés de los fans más ‘busquillas’ por esta música que, al igual que la propia muerte, supera todas las barreras existentes y por haber. Si hay que ir al corazón de la muerte más sangrienta para romper con los vicios de una industria saturada en producción a la segura, hay que hacerlo. Y Left to Die, hoy más que nunca, es una puerta de entrada hacia los caminos primitivos que conducen al horror de la muerte infernal.
Claudio Miranda
Fotos por Lucas Muñoz Pizarro

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