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Reseña: Green Day – «Saviors» (2024)

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Ver caras serias en la industria musical es común, mas aún cuando a alguien se le ocurre poner el término pop junto al punk. Los punkys fervientes fueron los primeros en hacer una mueca y no los culpo, porque es como echarle hielo al vino tinto. Pero la cuestión es que esta unión llamada pop punk le gustó a millones de personas y los sellos ganaron platita, así que por más bizarro que parecía este matrimonio, al final resultó. Uno de los responsables de ello fue Green Day, ya que al mismo tiempo del ocaso del grunge y a la par con los sonidos alternativos, hicieron que el punk retomara terreno, a su manera. Al parecer, este trio no quiere que el pop punk muera y, treinta y cuatro años desde su debut, quiere seguir estando vigente con Saviors.

En resumidas cuentas, el álbum tiene los ingredientes característicos de la banda. Por ejemplo, si quieres pop punk tienes a «Bobby Sox», «Dilemma», «Coma City», «Corvette Summer», «Strange Days Are Here to Say» y «Saviors», si prefieres el power pop pone atención a «Suzie Chapstick» y «Living in the ’20s» o algo más tradicionalista está «Look Ma, No Brains!» y «1981». Sin embargo, por más que el álbum está parado sobre esa temática no nueva, hay canciones que merecen más oído. En este caso está la inicial «The American Dream is Killing Me», un comienzo fuerte y que a ratos suena como una de sus primeras canciones de los años noventa. Otra que me gustó harto es «One Eyed Bastard», porque es genial, pegadiza y directa, al igual que «Goodnight Adeline», por su cercanía con el brit pop pero con una leve cantidad de esteroides de dudosa procedencia. Los que no me convencieron mucho son sus momentos lentos, ya que tanto «Father to a Son» como «Fancy Sauce» son baladas con ritmos melódicos, pero encontré que desentonaban con el resto. Tal vez, «Wake Me Up When September Ends» dejó la vara alta.

Lo que hizo Green Day con Saviors es recuperar la sátira y el descargo social. A pesar que tiene poco activismo político, es directo, bien elaborado y con estribillos pegadizos para ser coreados. En realidad, lo que pretende es transportarte a esa adolescencia noventera, puesto que la banda suena jovial. A grandes rasgos, hay dos aspectos que ayudaron bastante; primero, esa necesidad de la banda y el productor Rob Cavallo de sonar de la misma manera que lo hicieron en Dookie y en American Idiot, cuya estrategia de seguir los pasos de los discos más icónicos siempre resulta, cuando se hace bien eso sí. Y segundo, les favoreció harto que las canciones sean de corta duración. Si hubiesen sido más largas, te juro que a cualquier oyente casual (como yo) lo dejaría mitad de camino porque son quince pistas. En conclusión, ¿está a la altura de American Idiot como lo afirman los medios angloparlantes? No, pero estoy seguro de que el tiempo se va a encargar de posicionarlo entre sus mejores álbumes.

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