La noche del 15 de enero en el reconocido Blondie de Santiago, se vivió como una ceremonia para oídos inquietos y espíritus abiertos. Un encuentro donde el metal progresivo, la experimentación sonora y la introspección emocional se dieron la mano en un recinto que, una vez más, demostró ser el terreno indicado para propuestas que desafían lo convencional. Con Imperial Triumphant como banda encargada de abrir la jornada y Cynic como acto principal, el público fue testigo de un espectáculo que transitó desde la provocación artística hasta el trance colectivo.
A las 8:00 en punto de la noche, sin retrasos ni preámbulos innecesarios, Imperial Triumphant tomó el escenario cumpliendo rigurosamente con el horario anunciado. Desde el primer golpe de sonido quedó claro que no se trataba de una banda telonera tradicional, sino de un acto con identidad propia y una propuesta sólida, capaz de captar la atención total del recinto. Para muchos de los asistentes — principalmente seguidores del metal progresivo y experimental —, su presentación fue una grata sorpresa que terminó por encantar incluso a quienes no estaban familiarizados con su obra.
El sonido de Imperial Triumphant se percibió como una obra de arte dadaísta, una sucesión de cambios abruptos de ritmo, texturas disonantes y estructuras impredecibles que parecían desafiar cualquier lógica clásica del metal. Cada canción se desarrollaba como un collage sonoro, donde el caos aparente encontraba sentido en la ejecución precisa y en una puesta en escena cuidadosamente diseñada. La banda no solo tocaba: performaba. En un momento que fascinó al público por igual, los músicos incluso abrieron una botella de champagne sobre el escenario, gesto que reforzó el carácter provocador y performático del show.
Las sorpresas no terminaron ahí. Luces instaladas directamente sobre los instrumentos crearon un juego visual poco habitual mientras el escenario se transformaba en una suerte de galería viva. Lejos de mantenerse distantes, los integrantes de Imperial Triumphant animaron constantemente al público, invitándolo a demostrar su energía, a dejarse llevar por la intensidad de la música y a responder con entusiasmo a cada quiebre rítmico. El resultado fue un show dinámico, entretenido y desafiante, que se extendió hasta las 9:00 pm, cerrando con una ovación que confirmó que su misión como banda de apertura había sido cumplida con creces.
Tras su salida, el escenario quedó en penumbras durante cerca de 30 minutos, tiempo necesario para realizar ajustes técnicos y preparar el terreno para lo que vendría. La espera, lejos de impacientar al público, aumentó la expectativa, se respiraba una sensación clara: la mayoría estaba ahí por Cynic, una banda con un estatus casi mítico dentro del metal progresivo y técnico, y cuya presencia en Chile siempre genera una respuesta de fervor y fanatismo del género.
A las 9:32 pm, finalmente, Cynic emergió entre una densa cortina de humo que difuminaba los contornos del escenario. La iluminación, cuidadosamente dosificada, creó una atmósfera de intriga y misterio, envolviendo al público en un clima casi onírico.
Bastaron los primeros acordes para confirmar lo evidente: el recibimiento fue mucho más efusivo, con una audiencia que celebraba cada nota como un reencuentro largamente esperado.
No obstante, el inicio del show no estuvo exento de dificultades. Varias fallas técnicas de sonido se hicieron evidentes, especialmente en los pasajes más delicados y en las canciones de carácter acústico. Lejos de quebrar el ritmo del concierto, estas dificultades fueron enfrentadas con una calma y profesionalismo notables. Paul Masvidal, líder y alma creativa de Cynic, tomó el micrófono en más de una ocasión para dirigirse al público, incluso atreviéndose con algunas palabras en español, gesto que fue recibido con sonrisas y aplausos. Masvidal se mostró cercano, agradecido y visiblemente cómodo, destacando la energía del público chileno y la conexión que se generaba desde el escenario.
Uno de los momentos más singulares de la noche ocurrió cuando, entre canciones, Paul invitó al público a realizar estiramientos, rompiendo por completo con la solemnidad que muchas veces rodea a este tipo de conciertos. Este gesto, lejos de parecer trivial, reforzó la sensación de comunidad y empatía, como si músicos y asistentes compartieran no solo música, sino también un espacio de cuidado y conciencia corporal.
Durante los pasajes acústicos — donde las fallas técnicas se hicieron más evidentes — Masvidal nunca dejó de tocar, manteniendo la concentración y la entrega intactas. Esa perseverancia terminó por transformar los problemas técnicos en parte de la experiencia, sumando una cuota de vulnerabilidad que hizo el momento aún más humano. Musicalmente, la presentación de Cynic se sintió como un trance prolongado, una invitación a la introspección y a la conectividad emocional, donde cada secuencia de canciones parecía diseñada para llevar al oyente hacia un estado meditativo, casi espiritual, como es característico de Cynic.
A medida que el show avanzaba y la banda completa retomaba protagonismo, se percibía una energía de gratitud, comodidad y empatía mutua. Cynic no solo estaba tocando en Santiago; estaba dialogando con su audiencia. Cada aplauso era respondido con gestos de agradecimiento, y cada silencio era respetado como parte del viaje sonoro.
Finalmente, cerca de las 11:00 pm, el concierto llegó a su fin. En un cierre cargado de simbolismo, la banda alzó con orgullo una bandera chilena intervenida con el logo de Cynic, imagen que selló la noche como un acto de reconocimiento y respeto hacia el público local.
Fue la despedida perfecta para un show que, pese a los inconvenientes técnicos, logró trascender lo meramente musical para convertirse en una experiencia emocional profunda.
La jornada en Blondie no fue solo un concierto, sino un recorrido por distintas formas de entender el metal: desde la provocación artística y caótica de Imperial Triumphant hasta el viaje introspectivo y espiritual de Cynic.
Una noche que quedará en la memoria de quienes buscan en la música algo más que volumen y virtuosismo: una conexión real.
Carolina Sulbarán
Fotos por Francisco Aguilar


