El 6 de diciembre los pilares del metal extremo convergieron en una reunión cuyo único cometido fue desatar una ola de oscuridad y soberanía sónica sobre el Teatro Caupolicán, como si un antiguo pacto hubiera sido reactivado bajo la mirada implacable de fuerzas que ya no pertenecen del todo al mundo de los vivos. Ese día, el coloso santiaguino dejó de ser simplemente un recinto para convertirse en un altar profano, un espacio donde las sombras parecían alargarse con cada golpe de batería y cada alarido distorsionado, como si la misma estructura del lugar respondiera al llamado de un rito que no exige fe, sino entrega total.
La ciudad, usualmente atrapada entre luces, bocinazos y rutina, sintió un pulso distinto desde temprano: una vibración subterránea, casi telúrica, que empujaba a los fieles del ruido a peregrinar hacia el corazón de esta ceremonia. No era un concierto más; era una invocación colectiva, un “sabbath” moderno donde los riffs afilados, las voces cavernosas y las atmósferas envenenadas se reunían para romper la docilidad de la realidad cotidiana. El Caupolicán fue testigo de un aquelarre sonoro que no pedía permiso ni perdón, sino que reclamaba su propio dominio con el peso de décadas de historia, sangre, confrontación y culto.
En su interior, la oscuridad no era simplemente ausencia de luz: era una presencia palpable, casi táctil, que se mezclaba con el humo, el sudor y el eco interminable de guitarras que parecían desgarrar el tejido mismo del aire. Cada banda convocada actuó como un fragmento de un mismo hechizo, como partes de una maquinaria infernal diseñada para rendir tributo a la estética más cruda y desafiante del metal extremo. El público, lejos de ser un espectador pasivo, se convirtió en una masa orgánica en movimiento, un cuerpo único poseído por la electricidad del momento, respondiendo a cada embate sonoro con una devoción que rozaba lo ritual.
La llave de las puertas del infierno se abrió bajo la tutela de Mayhemic, una agrupación cuyo blackened thrash metal golpea como una tempestad desatada en plena noche inquisitorial. Desde el primer riff, la banda emergió como un vendaval abrasivo, encendiendo el escenario con una ferocidad que no buscaba impresionar, sino devastar. Su sonido —afilado, rabioso, casi homicida— se expandió por el recinto como una plaga sonora, arrastrando al público hacia un trance primitivo, como si cada nota fuera el eco de un ritual prohibido despertado después de siglos de silencio.
La ejecución de Mayhemic no dejó espacio para la tibieza: fue una embestida continua, una ráfaga de violencia rítmica que levantó las primeras llamaradas del caos que dominaría la jornada. Con su ataque implacable, la banda no solo abrió el festival; lo consagró, marcando el inicio de un descenso colectivo hacia la crudeza absoluta y la oscuridad sin retorno.
La siguiente banda encargada de volarnos la cabeza fue E-Force, una entidad sonora que irrumpió en el escenario como un proyectil radioactivo dispuesto a fracturar cada rincón del Caupolicán. Desde los primeros compases, la agrupación desató una corriente de energía corrosiva, alimentada por un repertorio que entrelazó con precisión quirúrgica sus propios himnos con aquellos legados de Voivod, invocados como espectros mecánicos surgidos desde la distorsión del tiempo. Cada tema se sintió como una descarga de metralleta, un estallido que combinaba la frialdad técnica con una agresión visceral imposible de ignorar.
E-Force no solo interpretó canciones: las lanzó como artefactos explosivos directos al corazón del público, creando una atmósfera en que el caos y la velocidad se fusionaban en un torbellino que parecía devorar el aire. El público respondió con un frenesí calculado, atrapado entre la precisión mutante de los riffs y la fuerza abismal de la voz que comandaba el ataque. Fue un segmento del festival que dejó claro que la oscuridad podía adoptar múltiples formas, y que E-Force era una máquina perfectamente calibrada para desatar una devastación sonora digna del ritual que estaban construyendo.
Ahora llegaba el momento de Skeletal Remains, y con ellos una avalancha de death metal tan crudo y despiadado que hizo explotar los oídos del Caupolicán como si cada compás fuera una sentencia de demolición total. Desde el primer impacto, la banda emergió envuelta en un aura de podredumbre exquisita, desplegando riffs que sonaban a osamentas quebrándose bajo un peso ancestral, mientras la batería golpeaba con la contundencia de un martillo funerario moldeado en pura maldad.
Su sonido, denso como una catacumba sellada, avanzó sobre el público como una ola de cadáveres reanimados: pesada, inevitable, sofocante. Las guitarras, afiladas como si estuvieran hechas de hierro oxidado, diseccionaban el aire con técnica quirúrgica, mientras la voz emanaba desde un abismo que parecía no tener fondo, un gruñido cavernoso que arrastraba consigo ecos de mundos enterrados.
El Caupolicán respondió con una violencia controlada: mosh pits en espiral, cabezas sacudiéndose como víctimas de un trance ritual, cuerpos entregados a la oscuridad. Skeletal Remains no vino a tocar; vino a abrir tumbas, a escarbar carne, a recordarle a todos que el death metal, cuando está en manos de maestros, es una fuerza que puede pulverizar la realidad misma.
El público ya se preparaba para los platos fuertes de la velada: Triumph of Death irrumpiendo para interpretar himnos primigenios de Hellhammer, la bestia suiza que, en apenas un par de años de existencia a comienzos de los 80, redefinió los cimientos del extremismo sonoro. Antes de que el metal negro tuviera nombre, antes de que los manuales de brutalidad existieran, Hellhammer ya estaba invocando un sonido que muchos consideraron inaceptable, primitivo, casi herético. Su demo Satanic Rites y el mítico Triumph of Death se convirtieron en reliquias malditas, artefactos que hoy siguen siendo estudiados como las escrituras fundacionales del metal extremo.
Ver a Triumph of Death —el proyecto con el que Tom G. Warrior resucita ese espíritu arcaico— es asistir a un ritual que se creía perdido: un retorno a la crudeza absoluta, a esa etapa en que la distorsión era un arma, la falta de pulido era una declaración y la oscuridad no era estética, sino convicción. Cada riff arrastraba décadas de historia, como si la banda estuviera abriendo una grieta temporal para permitir que los fantasmas de 1983 se materializaran frente a los presentes. El público sabía que estaba ante un acto irrepetible: la reencarnación de una banda que jamás tocó en estas tierras, pero cuya sombra influenció a generaciones enteras de músicos y oyentes.
Triumph of Death no solo rindió homenaje a Hellhammer; lo convocó, lo levantó desde el fango de su mitología, y el Caupolicán respondió como se debe ante los progenitores del caos: con reverencia, violencia contenida y absoluta entrega a la blasfemia sonora.
Y entonces llegó el momento que muchos consideraban el verdadero núcleo del festival: Mayhem, la entidad noruega que desde 1984 ha marcado a fuego la historia del black metal y cuya sola presencia carga el peso de una mitología que va desde innovaciones musicales hasta episodios oscuros que definieron para siempre el género. La banda, surgida en Oslo bajo el mando de Euronymous, se convirtió en la piedra angular del sonido más frío y desolado que Europa haya engendrado, y con discos como De Mysteriis Dom Sathanas forjó un legado tan influyente como temido. Su historia, atravesada por tragedias, incendios de iglesias, rupturas internas, muerte y renacimiento, ha sido un símbolo del extremismo llevado al límite, del compromiso absoluto con un arte que nunca buscó aceptación, sino impacto.
Sobre el escenario del Caupolicán, Mayhem apareció como una aparición malévola, una figura espectral recortada entre luces mortuorias y un humo que parecía brotar desde abismos invisibles. Pero lo que terminó de aplastar la percepción del público fue la imponente presentación audiovisual: imágenes rituales, paisajes infernales, símbolos en descomposición y atmósferas perturbadoras proyectadas con una precisión quirúrgica que amplificaba cada nota. La pantalla no era un adorno: era un portal, un espejo distorsionado que expandía la narrativa de cada canción, envolviendo la ejecución en una estética casi cinematográfica.
Cada tema retumbó como un recordatorio de que Mayhem no es simplemente una banda: es una institución del caos, un monumento vivo a la transformación del metal extremo. El público, atrapado entre la brutalidad sónica y el despliegue visual, respondió con una devoción febril, consciente de estar presenciando algo más que un concierto: era un rito, una comunión con los arquitectos mismos de la oscuridad moderna.
Lo que ocurrió aquella noche fue más que un festival: fue un descenso controlado hacia un territorio donde la música se vuelve arma, espíritu y cataclismo. Una experiencia pensada para marcar, herir y transformar, como todo aquello que nace desde las entrañas del verdadero metal extremo.
Alan Gormaz Cartagena
Fotos por Camilo Griffin






