En 2018, la banda estadounidense Greta Van Fleet metió bulla con su álbum debut Anthem of the Peaceful Army, porque entró en las listas musicales y vendió lo suficiente para lograr certificaciones discográficas. Hoy, hacer eso, en especial una banda nueva, es proeza de porte de un buque. No obstante, la crítica, no solo de la prensa especializada sino también del público, fue que sonaban muy, pero muy parecido a Led Zeppelin, particularmente su vocalista Joshua Kiszka, visto por muchos como la versión del siglo XXI de Robert Plant. Ha pasado harta agua debajo del puente y cinco años más tarde, el cuarteto liderado por los Kiszka volvió con Starcatcher.
Para los que suelen leer mis reseñas, saben que mi sistema de análisis es ir canción por canción, resaltando o criticando los aspectos más llamativos. Pero con Starcatcher me pasó algo inusual: perdí el entusiasmo casi a la mitad del disco, así que continué oyéndolo prácticamente por obligación; en más de una ocasión inclusive. En esencia el álbum presenta blues rock, hard rock y rock psicodélico, que rememora en demasía a las bandas de finales de los sesenta hasta mitad de los setenta, en especial ¿adivinen? a Led Zeppelin. Adicional a eso, la producción tampoco ayuda, porque las canciones se escuchan opacadas y con un volumen lejano, sobre todo la voz ¿acaso la grabaron en un baño? Pero lo peor de todo, es que todas las pistas no tienen autenticidad ni identidad, porque siguen y siguen la ruta de Robert Plant y compañía, una y otra vez. Los silencios, las estructuras, los arreglos, las pausas, los tonos, prácticamente el sonido en general es similar a Zeppelin, por lo que mi mente decía «suena a», «si es lo mismo que», y cuando eso pasa, es porque hay un problema con la creatividad.
Todas las bandas que tienen la oportunidad de debutar con un álbum siguieron los pasos de sus ídolos y es una realidad que concierne en todos los géneros musicales. Pero todo artista al final trata de buscar y pavimentar su propia ruta. Es como construir un edificio, se usan los mismos materiales, pero son las terminaciones que diferencia cada una de las estructuras. Y eso es lo que no ocurre con Greta Van Fleet, porque las terminaciones no son de creación propia sino son referencias calcadas de. Uno pretendería que con tres álbumes de estudio ya habría rastros de una ruta concebida, pero Starcatcher no es para nada auténtico. Reitero, canción tras canción era oír como descartes o maquetas no publicadas de Led Zeppelin.
Hace muchos años atrás, existieron disputas como que Kingdom Come sonaba a Led Zeppelin o que Krokus sonaba a AC/DC. Sin embargo, ambas bandas en su segundo o tercer disco ya sonaban diferente, porque entendieron que había que buscar el sendero propio. Acá, Greta Van Fleet no quiere entender que el chiste contado por segunda vez sale podrido, lo hacen bien sí, pero ya es tiempo de darse cuenta de que deben iniciar nuevas direcciones. Cada elemento de Starcatcher es una continuación paso a paso y sin salirse de los límites de lo hecho por Led Zeppelin. Lo único destacable, tal vez, sea su consistencia. Si quieres escuchar un rock setentero en pleno 2023, el álbum será para ti, aunque te recomendaría que siguieras escuchando a Led Zeppelin II, porque acá no vas a encontrar nada nuevo ni espectacular de lo que ya se hizo hace más de cuarenta años atrás.
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