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Iron Maiden en Chile: medio siglo de inmortalidad y devoción

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La Doncella de Hierro desató la euforia en la primera de sus dos noches en Santiago del “Run for your lives” Tour

Por Agustín Morales Pérez.

Hay relaciones que desafían la lógica del tiempo y de la geografía, pero pocas son tan viscerales y leales como la que une a Chile con Iron Maiden. La noche de este sábado 31 de octubre, en plena víspera de Halloween, el coloso de Ñuñoa volvió a rendirse ante la Doncella de Hierro en la primera de sus dos paradas en el país con el monumental Run For Your Lives World Tour, la gira que conmemora cinco décadas exactas de trayectoria. Con un recinto abarrotado hasta el último rincón y un despliegue de producción impecable, la banda británica ratificó por qué los estadios del planeta son su hábitat natural.

La antesala de acero: Nuclear y Mammoth encienden los motores.

La fiesta en Ñuñoa comenzó temprano con una apertura contundente y bien calibrada. El orgullo local estuvo a cargo de los ariqueños de Nuclear, quienes demostraron por qué son una de las cartas más sólidas y respetadas del metal pesado nacional. Con un sonido frontal, agresivo y sin concesiones, el grupo conectó de inmediato con la marea de poleras negras que ya llenaba las primeras filas de la cancha agradeciendo la cuota de thrash chileno.

Posteriormente fue el turno de Mammoth, el proyecto comandado por Wolfgang Van Halen. Con una sólida propuesta de hard rock moderno, riffs precisos y un despliegue de virtuosismo vocal, la agrupación estadounidense logró que el público chileno los escuchara respetuosamente, con un set dinámico que sirvió como el puente sonoro ideal, elevando los decibeles y dejando los ánimos a tope antes del desembarco definitivo de la Doncella de Hierro.

Iron Maiden: el despertar de la bestia y el choque de titanes.

El clásico preludio en los parlantes con «Doctor Doctor» de UFO encendió de inmediato la mecha de la impaciencia de los asistentes. Tras la reconocida intro, el ataque de los británicos arrancó sin tregua con «Murders in the Rue Morgue» y el pulso galopante de «Wrathchild», trayendo de golpe la crudeza de la era dorada con Paul Di’Anno.

No hubo que esperar demasiado para el primer gran golpe escénico: la primera encarnación de Eddie irrumpió sobre la tarima para enzarzarse en un combate cuerpo a cuerpo con Bruce Dickinson, desatando la ovación de una masa que ya coreaba cada movimiento. Dickinson, visiblemente impactado por el marco de público, tomó el micrófono para saludar al estadio y reflexionar sobre la efeméride: 50 años de carrera, una cifra que calificó como una “idea ridícula de tiempo”, rematando con una promesa que encendió el pasto ñuñoíno: “No nos iremos a ningún lado”.

 

Desenterrando joyas y saldando deudas históricas.

El viaje a los orígenes continuó con la teatralidad progresiva de «Phantom of the Opera», detonando los primeros moshpits en la cancha del Nacional. Casi sin respiro, la archiconocida narración introductoria de «The Number of the Beast» hizo temblar los cimientos del estadio, reconectando a las más de 60 mil almas en un rugido unánime.

El instante más emotivo de la primera mitad llegó con «Infinite Dreams». La pieza de Seventh Son of a Seventh Son, guardada en el baúl durante 35 años, sirvió para que Dickinson recordara el vínculo particular de la banda con Chile: apuntó que quizás jamás la habían tocado en suelo nacional, un directo guiño a la frustrada visita de 1992 en la Estación Mapocho censurada por presiones eclesiásticas. Cinco décadas después, la Doncella demostró que su apuesta jamás dependió de la radio o de la aprobación institucional, sino de volcar su arte a los estadios y a la gente. Bruce lo sintetizó sin rodeos: “Chile tiene un rincón permanente en el corazón de Iron Maiden”.

La maestría escénica y la escuela del heavy metal

El viraje visual transportó rápidamente a la audiencia a la imaginería del Antiguo Egipto para dar paso a «Powerslave». Con una energía arrolladora de Steve Harris, Dave Murray, Adrian Smith y Janick Gers, la transición tras los parches de Simon Dawson, en reemplazo del histórico Nicko McBrain se sintió afiatada, contundente y con una pegada a la altura de la leyenda.

El ya tradicional grito de batalla «Scream for me Chile!» retumbó nuevamente antes de «2 Minutes to Midnight», cantada a garganta batiente por la fanaticada. La banda se dio tiempo para la distensión y la anécdota local previa a la colosal «Rime of the Ancient Mariner» —con historia sobre el pisco chileno incluida— antes de que «Run to the Hills» transformara el Nacional en una sola voz y un coro ensordecedor.

La densidad conceptual regresó con la homónima «Seventh Son of a Seventh Son», respaldada por visuales de su etapa más mística. El clímax del set regular llegó de la mano de «The Trooper», donde un Eddie uniformado de casaca roja se batió en escena mientras Dickinson flameaba la bandera chilena frente a un mar de poleras negras.

Luego vinieron la solemnidad de «Hallowed Be Thy Name» y el cierre homónimo con «Iron Maiden». En medio del éxtasis, Bruce dedicó palabras directas y ácidas contra quienes encendieron bengalas en la cancha, arriesgando la seguridad del recinto, para luego despedir la primera parte con humor británico: “Nos vemos en 10 años”.

Un cierre entre penumbras y fuegos eternos.

El discurso grabado de Winston Churchill marcó el inicio del encore con «Aces High», manteniendo la adrenalina al tope. Acto seguido, «Fear of the Dark» convirtió el estadio en una postal sobrecogedora: miles de pantallas y linternas de celulares encendidas dieron al recinto una atmósfera de vigilia y aquelarre perfecta para la noche de brujas.

Los acordes finales de «Wasted Years» coronaron dos horas de una cátedra musical ininterrumpida. En su despedida final, Dickinson volvió a exhibir su sello característico: deseó una larga y próspera vida a todos los presentes… “excepto a los que prendieron bengalas”.

Con la primera noche en el bolsillo y una segunda fecha programada para este domingo 1 de noviembre, Iron Maiden ratificó en Santiago que sus 50 años no son una conmemoración estática del pasado, sino la celebración viva y vigente de un pacto inquebrantable con su público más apasionado del planeta.

 

Fotos por Antonia Bisso Cárdenas

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