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High on Fire en Chile: Derribando los pilares del tiempo

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⏱ 7 min de lectura·1485 palabras

Reseña: Claudio Miranda

Foto: Sebastián Domínguez

En el ecosistema inseminado por las huestes de Birmingham en 1970, High on Fire ocupa un lugar tan especial como curioso. Bastión de avanzada en el sonido pesado durante el último cuarto de siglo, su propuesta siempre se ha mantenido incólume a las tendencias impuestas por la industria. La curiosidad está en la devoción generada entre una minoría que, digámoslo, ve en el trío de Oakland una forma de volver a casa. Es de esas bandas que te atrapa si conoces los cientos de metros de profundidad bajo la superficie. Claro, no gozaron en los primeros 2000 del reconocimiento que ostentaban otras luminarias de su estirpe, pero hay un catálogo discográfico que habla tanto como la forma en el material en estudio se traspasa al directo con la potencia de un volcán en plena erupción.

 

Haciendo hincapié en su rica discografía -11 LPs registrados en 25 años-, el presente reflejado en Cometh the Fire (2024) nos permite constatar la forma en que se mantiene una banda que no descansa en el recorrido atrás ni en el laurel del consagrado. Matt Pike, fundador e ideólogo incansable, asume que High on Fire siempre será una novedad para cierto público. Nada de aquello empaña la estatura de placas fundamentales como The Art of Self Defense (2000), Surrounded by Thieves (2002), Death Is This Communion (2007) y Snakes for the Divine (2010). Más bien, optimiza y preserva una huella que se mantiene atemporal y lozana ante el mercadeo excesivo. Y es que Pike, un veterano de mil batallas desde los días con Sleep, asume lo fácil que es marearse acatando las reglas del juego de las grandes ligas. Ahí es donde la huella del heavy metal clásico y la pureza fundacional de Black Sabbath, Blue Cheer y Sir Lord Baltimore, afloran como rasgos naturales en una propuesta que nos deja cortos en cualquier frase o expresión que se nos ocurra.

 

Dicen que el underground es una opción, y no corre solamente para los músicos. El sold-out en el primer cara a cara a casi una semana, con el escenario del Club Ambar de la capital como epicentro, resume la devoción fogosa de una fanaticada que, literalmente, sabe a lo que va. Es lo que High on Fire evoca como una forma de ver y hacer las cosas, mucho más en estos días donde la actualización y el truco digital parecen importar más que una buena idea. Pike, uno que se las sabe y no por libros, es un fan de Motörhead que traspasa su lectura del Evangelio según Ian Fraser Kilmister a una descarga de fuego y electricidad que reduce todo a polvo y cenizas. Quienes han visto a la banda previamente afuera de nuestro país, saben de qué se trata; un show que hace lo suyo, aplastando cabezas y moliendo cuerpos por docenas, todo con un sonido aniquilador.

 

Sería a eso pasadas las 21 horas, con el recinto de calle Ernesto Pinto Lagarrigue repleto con media hora de antelación, que una de las últimas grandes bandas concretaría el primer encuentro, de la mano de “Burning Down” en el arranque. El saludo de Pike a su feligresía en el Sur del Mundo, el primer patadón con el flamante Cometh the Fire ocupando un lugar protagónico en los puntos clave del repertorio. Una legión de cabezas y cuellos a prueba con el primer ataque de rock literalmente pesado. Al frente, Pike exponiendo un sentido de instinto y entrega que traspasa desde sus dedos, los amplificadores Marshall y su voz con sabor a aguardiente. En una refriega a la que se suma Jeff Matz como un dominio de las bajas frecuencias que complementa la marcha implacable de Ben Koller en los tarros. El propio Koller -titular en Converge- hace suya, a continuación la intro de “Hung, Drawn and Quartered”, la única embajadora del fundamental Surrounded by Thieves, con su alturaje en el set totalmente pensado en lo que será un repaso al catálogo de High on Fire en casi toda su extensión. Tanto como la potencia devastadora que los amplificadores escupen como palabras, es precisamente el orden del set lo que termina construyendo un show que hermana el riff pegado con la intensidad telúrica del metal a la usanza de los padres fundadores.

 

Es complejo explicar lo que genera High on Fire en vivo. No es precisamente una protesta global a la usanza del thrash metal de Slayer, sino un aluvión de ruido y actitud que va a la contra del sistema imperante. “Rumors of War” detona la catarsis propia de una banda que trae consigo su propia definición de caos y devastación. El contraste con la siguiente “10.000 Years” nos permite apreciar la forma en que High on Fire compila sus momentos creativos en una misma ecuación de metal pesado, entre la cadencia del pantano sónico y el descontrol al que la centrífuga humana reacciona como si en ese instante se nos fuera la vida.

 

¿Por qué el solo de Matt Pike en “Fertile Green” nos recuerda tanto a Chris Holmes? Porque, al igual que el hacha histórico de W.A.S.P., el ex-Sleep gusta de aquellos solos que se sienten como meter los dedos en el enchufe. Pike gusta mucho de las guitarras que no apelan a la destreza con parámetros de clínica, sino a levantar remolinos humanos, con un par de cuerpos flotando en una multitud que jamás paró de echar fuego. Es un guitarrista que gusta del heavy metal a la antigua usanza. No necesita sonar ‘igual al…’ para exponer la influencia del Priest ’70s, el Motörhead primigenio, los Maiden con Paul Di’Anno, los propios W.A.S.P. y, por qué no, Slayer circa 1985. Qué importante es el peligro en el rock n’ roll y el metal, mucho más entre la integración tan propia de estos días. De ahí lo que High on Fire lleva desde el estudio a la paliza en el directo: un ladrido feroz contra la domesticación en un mundo cada vez más frío y deshumanizado. Es en dicho reclamo que Jeff Matz viene secundando a Pike desde hace dos décadas. Vestido con polera de Venom -en homenaje al recién partido Conrad Lant, el buen vestir es solemnidad pura-, Matz ejerce su labor en el bajo con el dominio propio de un artesano. Esto va más allá de la suma de individualidades; Pike es un músico que la tiene clara respecto al protagonismo en iguales proporciones. Eso te da una idea de porqué “Fireface” se basta con tres músicos para sonar como una legión de guerreros celtas en pleno campo de batalla.

 

De la misma forma en que “Sol’s Golden Curse” retoma la actualidad, “Fury Whip” entra abriendo la puerta a patadas. Una paliza de hardcore químicamente puro que termina echando todo abajo. Literalmente, un aletazo de furia parida que en vivo te deja sin aliento ni espacio para la tregua. Y como una suerte de clímax narrativo en una noche pletórica, el fulgor creativo de “Snakes for the Divine” en todo su esplendor. High on Fire es una banda que, más allá de la metáfora de turno, propone un relato con pasajes creativos de altas turbulencias. Una banda que revitaliza su material en estudio con un sentido de lo orgánico, traspasando dicho material a un espectáculo que te agarra del cuello y te sacude hasta nublar el raciocinio. Y rematando un set breve pero letal, “Darker Fleece” nos da el broche de oro con el foco en el ciclo actual. Son casi 10 minutos de enormidad pantagruélica y trance sonoro con el firmamento en llamas.

 

Entre los asistentes, una vez terminado el show, el consenso respecto al símil de Matt Pike con Lemmy es categórico. Hilando bien fino, Pike comparte un rasgo de personalidad con el eterno forajido inglés: es un soldado del rock pesado que se resiste a la idea de que una leyenda debe comportarse como un monumento. A guata pelá y tapado en sudor, en buen chileno. Guitarra en mano entre el riff pegado, los solos con expresión hasta la médula y una voz que exhala licor barato. Y un nivel de aguante que demanda la fuerza necesaria para derribar los pilares del tiempo, como lo viene haciendo durante décadas al frente de High on Fire. Es el latigazo de furia que, por primera vez, azota y pisa fuerte el suelo de un país atrapado entre ladrones y tumbas.

 

 

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