Crónicas

High on Fire: fuego y electricidad

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⏱ 6 min de lectura·1267 palabras

Por Claudio Miranda.

Las cosas como son: a High on Fire se le conoce muy poco en estos rumbos. Se genera ahí la disyuntiva tan propia de estos casos: una banda influyente en el desarrollo del rock pesado durante las últimas dos décadas -stoner, doom, sludge o como quieran llamarle. Su estreno titulado The Art of Self Defense (2000) es un trabajo con peso igual de imponente que sus hermanos menores a lo largo del catálogo. Forman parte de la misma camada liderada por Queens of the Stone Age y, a la vez, ya sonaban igual de mugriento y extremo que los entonces reveladores Goatwhore. Y, con todo eso, siguen siendo una novedad, un bicho raro. Y un nombre para entendidos en el rock más sucio y espeso que el ser humano piense hoy en escribir e interpretar.

 

Importante señalar que su época clásica, la que tiene como punto angular el definitivo Surrounded by Thieves (2002), ya promedia fácil el cuarto de siglo. El siguiente trabajo, Blessed Black Wings (2005), cuenta con la supervisión de Steve Albini. De ahí en adelante, los nombres en la mesa de control se suman como un desfile de nombres estelares: Jack Endino, Greg Fieldman y, desde hace un buen rato, Kurt Ballou. Lo que ayuda a entender la fuerza natural que evoca una propuesta que se sumerge hacia las raíces del rock pesado para reforzar una identidad que hoy, digámoslo, no cuadra con los estándares de una ‘industria’ con más olfato en el negocio que en la expresión.

 

¿Por qué escribir sobre una banda que, al menos en Chile, pertenece a un nicho demasiado cerrado como el doom, el stoner y sus derivados? Por dos simples razones. La primera tiene que ver con las huellas que engloba High on Fire como parte de su ADN: Black Sabbath, Motörhead y Thin Lizzy. Y, si me lo permiten, el primer Slayer y Celtic Frost. Nombres que, lejos de la “falta de originalidad”, definen la esencia de una banda que hace del riff pesado y sucio un lenguaje propio. Y la segunda apunta al papel de High on Fire en la evolución del género durante el cambio de milenio; es el eslabón perdido entre la movida stoner-doom de los ’90s y la fusión de metal lodoso-psicodelia que encumbró a Mastodon y Baroness como referentes del siglo en curso.

 

Los orígenes de High on Fire se remontan a 1998. Matt Pike, entonces guitarrista y fundador de los entonces disueltos Sleep, forma un proyecto apostando hacia un sonido más intenso y agresivo. High on Fire nace como una versión del heavy metal primario, a la usanza de los padres fundadores. Lo que en el proyecto anterior era lentitud e invocación -con sus buenos gramos de cannabis, por supuesto-, Pike acá se la juega por un galope al más puro estilo del heavy metal de los ’80 -Priest, Maiden, Accept-, con guitarras densas y disonancias furibundas que traducen, a punta de vértigo y cambios constantes de ritmo, la fijación de Pike por la fantasía oscura y el horror cósmico. Lo que sí preserva High on Fire respecto a Sleep y otros nombres de similar índole, es el énfasis en la atmósfera y la textura, lo que desemboca en una fuerza indómita, capaz de aplastar cuerpos por millares con un tratamiento demoledor desde la escritura al sonido.

 

La primera vez que quien escribe escuchó a High on Fire, le pareció una fuerza de metal al más puro estilo de Down y Crowbar, menos seductor que los propios Queens of the Stone Age aunque igual de contundente. Nada más lejos de la realidad, pues con más atención notas que su sonido pesado reúne lo mejor de Sabbath, Motörhead y los otros nombres mencionados con el paso natural de un rock más sucio y más agresivo respecto a mucho del estilo inmerso en el desierto. ¿Sludge? ¿Stoner? Es quedarse corto respecto a una agrupación que se debe a sus propias convicciones fuera de cualquier etiqueta de turno.

 

Enfocándonos en el presente, High on Fire cuenta la generosa cifra de 9 trabajos de largaduración en su discografía, todos en el lapso de un cuarto de siglo. Su placa más reciente, Cometh the Storm (2024), es una muestra sin discusión de la lucidez con que una propuesta de larga data se mantiene atenta a las nuevas formas sin transar su esencia. Y es el hambre lo que impulsa a High on Fire a mantener su nivel de escritura incólume; Pike y los suyos parecen asumir que siempre habrá un público que los verá como un descubrimiento. Eso implica estar en la forma más óptima, incluso si hay que mover algunas piezas en la interna. Bien lo sabe el baterista Ben Koller -All Pigs Must Die, Killer Be KIlled-, quien lleva un año en el puesto dejado por Coady Willis , este último habiendo ocupado el lugar, a su vez, del fundador e histórico Des Kensel. Completa el cuadro el bajista Jeff Matz, cuyos 20 años de estancia lo convierten en el 2do integrante más longevo, detrás del sempiterno Pike.

 

En algún momento, pareció que High on Fire asomaba la cabeza a la superficie del mainstream. Fue en 2019, cuando el power-trío de Oakland ganó el premio Grammy a Mejor Interpretación de Metal por “Electric Messiah”, la que titula su placa editada el año anterior. Su trasfondo, sin embargo, es mucho más profundo; “Electric Messiah” es un homenaje sentido a Lemmy Kilmister y el rock n’ roll de Motörhead que tardó lo suficiente en cundir hacia el thrash metal y sus derivados hasta hoy. Un minuto de fama que, al menos para Pike, empaña poco y nada la expresión de violencia y agresión que High on Fire escupe a quien quiera que se acerque.

 

Como High on Fire es una banda reducida a un nicho muy específico, digámoslo, es justo y necesario recomendar algunos discos. Con todo gusto, Surrounded by Thieves (2002), Blessed Black Wings (2005) y Death Is This Communion (2007) están ahí como una trilogía que se basta del peso suficiente para extender su propio campo de mitología y guerra. Más adelante, los mencionados Electric Messiah y Cometh the Storm se encuentran a la vista de quienes muy probablemente verán a los de Oakland como una novedad. Por ende, los dos últimos LPs aparecen como obras de carácter orgánico, donde el orden y los momentos propuestos terminan atrapando a novatos e iniciados por igual.

 

Con todos los motivos expuestos, es menester que se haga justicia para High on Fire, una banda que supo bosquejar su propia ruta, totalmente alejado del mercadeo excesivo y las tendencias impuestas por una industria cada vez más deshumanizada. La misma banda que, curiosamente, tuvo su momento de fama sin obnubilarse. Y lo tuvo gracias a un homenaje honesto, donde la simbiosis entre el fuego y la electricidad, en tiempos de actualización y prótesis digital, es una declaración de integridad. Una firma que va a la contra y, a la vez, nos revela su creatividad fértil. En fin, una idea del golpe furioso que Matt y su pandilla nos va a propinar durante la primera incursión por Sudamérica en poco más de una semana.

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